Hace poco estaba viendo un capítulo de El hombre de tu vida —sí, llegué tarde a la serie, pero llegué— que gira alrededor de la nostalgia por la reunión familiar: la mesa enorme de cuando uno es chico, la Navidad con la abuela viva, y ese momento inevitable en que los adultos empiezan a pelearse por la casa de la costa cuando ella muere.
Al final pasa algo simple. Después de que Hugo le rogara durante todo el episodio, Gloria hace el puchero de su mamá. Lo sirve para Hugo, Franco y el padre Francisco. De repente, aunque no esté toda la familia ni la mesa larga, y aunque haya un cura que no comparte ni un gen con ellos, se sienten como familia.
Porque está ese puchero.

Y no es la primera vez que veo ficciones en las que la comida es protagonista: Chef, Como agua para chocolate, Ratatouille, entre muchas otras.
La primera historia que me impactó en ese género fue Estrafalario, un libro infantil de Sandra Filippi. Al final del libro, la dama le presenta al Nombrador una torta. Y no cualquier torta: una hecha con, para y por amor. El Nombrador la bautiza torta “¿Quiere casarse conmigo?”.
Tenía nueve años cuando leí esa escena y, aun a esa tierna edad, me tocó una fibra. Me parecía natural, correcto, humano que una torta pudiera volver tangible un amor.
Al cierre llega lo inesperado: el libro nos da la receta. Cuando la vi, me sentí parte de algo secreto. Como si ese libro me hubiera confiado un legado que se transmite en manteca y azúcar.
No es casual que tantas historias vuelvan a la cocina cuando quieren hablar de amor o memoria. Hace poco vi Nonnas, una película sencilla que gira alrededor de un restaurante donde las cocineras son abuelas italianas. Lo que realmente sostiene la historia no es la comida en sí, sino las recetas que pasan de generación en generación. El restaurante transporta a los comensales a una infancia de mesa larga.
En un momento clave, el protagonista finalmente abre la carta que su madre le dejó antes de morir. Durante toda la película uno imagina una confesión, un secreto familiar, alguna última revelación. Pero la carta contiene algo mucho más simple: una receta. La receta del tuco dulce.

La ficción vuelve a la cocina una y otra vez porque en la vida real la comida también es memoria, y se transmite de mano en mano. Como toda memoria, alguien tiene que pasarla a la siguiente generación. Esta semana, ese alguien para mí fue Hilda.
Hilda es mi vecina y hace algunos días me regaló una receta. Y no una cualquiera: esa receta que nunca había compartido con nadie. Me la dio casi como quien pasa una reliquia, con una condición solemne y un poco pícara:
“Esta no la recibió nadie jamás. No la compartas. Hacela desear.”
Alguna vez me había dicho que algún día me la daría. Que sus hijos no cocinan. El regalo se adelantó porque ahora los dolores no le permiten cocinar como le gustaría. Y a Hilda le encanta cocinar: cocinar, enseñar a cocinar, regalar lo que cocina.
En ese gesto simple —un papel, unos ingredientes, una confianza— sentí algo parecido a lo que había sentido a los nueve años frente a la receta de Estrafalario: alguien me había dejado entrar en una pequeña tradición secreta.
Desde hace muchos años vengo armando mi recetario. Lo escribo a mano, con indicaciones precisas, porque no es para mí. Es para los hijos que todavía no tengo.
Lo imagino como un pequeño mapa para cuando yo no esté: un lugar al que puedan volver si alguna vez me necesitan. Que me encuentren en los sabores y los aromas de tortas y masitas.
Siempre lo atesoré, pero hoy, con esta receta en mi haber, lo atesoro un poco más.
Porque ya no es solo mi legado.
También es el de Hilda.
Y algún día mis hijos la van a conocer, aunque sea a través de las masitas que ella consideró que yo era digna de recibir.
