De haber tenido presencia en espacios de alto tránsito como los centros comerciales a replegarse a la peatonal: ese recorrido sintetiza el momento que atraviesa una marca de indumentaria que también opera en Salta y que hoy enfrenta un cuadro financiero crítico.
Detrás de ese cambio aparece un nombre concreto: Ted Bodin, la firma que entró en concurso preventivo luego de varios años de deterioro operativo, caída de ingresos y presión sobre sus costos.
La empresa registró pérdidas por más de $350 millones en 2025, con proyecciones negativas hacia adelante, en un escenario donde el desequilibrio ya impacta de lleno en su estructura: acumula pasivos por más de $2.005 millones frente a activos que rondan los $780 millones, lo que configura un cuadro de iliquidez estructural.
El detalle del endeudamiento profundiza ese diagnóstico. La compañía concentra acreedores comerciales por $704,7 millones, deudas fiscales por $689,8 millones, indemnizaciones laborales por $520,4 millones y compromisos sociales por otros $90 millones, un volumen que excede su capacidad operativa actual. En ese contexto, la cesación de pagos fue fijada en abril de 2025, cuando dejó de cumplir con proveedores y obligaciones corrientes y, según reconoce, “ya no hay más recursos sino deudas”.

Ese cuadro, que en los papeles aparece como una crisis financiera, tiene su correlato en el territorio. En Salta, el local que supo funcionar en un shopping ya no está en ese circuito y hoy se ubica sobre la peatonal Alberdi, en una lógica distinta, más ajustada y con menor estructura.
Según pudo reconstruir este medio a partir de consultas con empresarios del rubro, el punto local no operaría bajo un esquema de franquicia, sino que dependería directamente de la marca, lo que implica que su desempeño está atado a la situación general de la empresa y no a una gestión autónoma.
No se trata solo de un cambio de dirección. Es, en los hechos, el reflejo visible de una estructura que dejó de cerrar.
Importaciones en alza y un mercado cada vez más chico
El trasfondo del caso es un cambio estructural que se aceleró en el último año. Durante 2025, las importaciones de textiles e indumentaria alcanzaron 332.696 toneladas por u$s1.450 millones, con subas del 89% en volumen y 61% en valor interanual, impulsadas principalmente por el ingreso de prendas terminadas.
El fenómeno se profundizó con la reducción de aranceles y la expansión del régimen courier, que facilitó la compra directa desde el exterior, pero también con la irrupción de nuevos jugadores globales que alteraron la dinámica del mercado.
En paralelo, la producción local se contrajo con fuerza: en algunos meses de 2025 la actividad textil registró caídas superiores al 20% interanual, con niveles de utilización de la capacidad instalada en torno al 32%, muy por debajo de los valores necesarios para sostener estructuras industriales.
A ese escenario se suma un dato que las propias empresas remarcan: el mercado interno, destino casi exclusivo de la producción nacional, se redujo en un contexto de pérdida de poder adquisitivo y cambio en los hábitos de consumo.
Los números ayudan a entender el cruce de fuerzas. Mientras las fábricas pierden volumen frente a la importación, las marcas y cadenas de locales enfrentan un consumidor más restrictivo y orientado al precio.