EconomíaOPINIÓN

La economía argentina: Fundamentos sólidos, reputación frágil

En momentos de volatilidad bursátil, el 78% de inversores toma decisiones emocionales, dejando que el pánico arrastre al mercado y la razonabilidad se vuelva un bien escaso.

Fernando Marengo
por Fernando Marengo 3 Octubre de 2025
3 Octubre de 2025
Banco Central
Banco Central NA

La Argentina volvió estas últimas semanas a estar envuelta en un escenario de elevada incertidumbre. Las dudas sobre la capacidad del Banco Central de defender el techo de la banda cambiaria se combinaron con la inquietud acerca de la capacidad del Tesoro para hacer frente a sus compromisos de deuda. Esta tensión no es nueva: forma parte de una historia marcada por reestructuraciones recurrentes, donde el país ostenta el triste récord mundial. A ello se suma un Congreso —los representantes del pueblo— que muchas veces parece empecinado en acabar con el ancla central del actual programa económico: el equilibrio fiscal. Una muestra de que el problema no es solo político, sino cultural: como sociedad, todavía no asumimos que la disciplina fiscal es condición mínima para la estabilidad y el crecimiento.

El resultado inmediato fue la pérdida de confianza. El temor a una nueva reestructuración provocó ventas masivas de activos locales, hundiendo sus precios, elevando las tasas de interés y, consecuentemente, el riesgo país hasta niveles que incluso llegaron a equipararse con los de Bolivia. Al mismo tiempo, la demanda de dólares se intensificó, forzando al Banco Central a intervenir para defender el techo de la banda cambiaria, erosionando sus reservas. Se generó así una peligrosa retroalimentación: cuantas más reservas se pierden, más crece la percepción de riesgo de un default.

En momentos en que el mercado se deja arrastrar por el pánico, la razonabilidad se vuelve un bien escaso. Sin embargo, es precisamente en esos momentos cuando conviene recordar que la economía no es solo números: es una ciencia social en la que las expectativas terminan moldeando la realidad. Lo que los agentes creen que sucederá suele condicionar, y muchas veces definir, lo que efectivamente ocurre.

Aun suponiendo una fuerte caída en la demanda de dinero –a niveles mínimos desde la salida de la convertibilidad–, el Banco Central tendría la capacidad de sostener la paridad mediante el uso de reservas. En cuanto a la deuda, Argentina enfrenta en 2026 vencimientos en moneda extranjera en manos del mercado equivalentes a apenas 1,6% del PBI, mientras que el stock total en manos privadas no supera el 20%. Esto muestra con claridad que el país no enfrenta un problema de solvencia, sino de confianza y reputación.

En este marco, la irrupción del Tesoro norteamericano, respaldada luego con anuncios del FMI, el Banco Mundial y el BID, cambió radicalmente las expectativas. “Estamos dispuestos a hacer lo que sea necesario para apoyar a la Argentina”, declaró el secretario del Tesoro, palabras luego refrendadas por Donald Trump. Se mencionaron todas las herramientas posibles: líneas de swap, compras directas de divisas e incluso adquisición de deuda pública argentina en dólares. La percepción de riesgo sobre la capacidad de pago se redujo de manera significativa y el riesgo país se desplomó en pocos días: de rozar los 1.500 puntos básicos cayó hasta la zona de los 900.

Un alivio significativo, sostenido por el cambio de expectativas. Pero ese respiro no exime de la exigencia de trabajar sobre los fundamentos de largo plazo. Los fundamentos son consistentes —bajo nivel de vencimientos, reservas que permiten sostener la banda cambiaria, superávit fiscal y comercial—. El verdadero problema radica en la desconfianza generada por el historial de reestructuraciones, por una reputación dañada y por un Congreso que, en lugar de consolidar el equilibrio fiscal, parece obstinado en socavarlo.

La reacción de los mercados lo confirma. Con menor riesgo percibido, la demanda de activos argentinos resurgió, los precios se recuperaron, las tasas de interés cayeron y el peso se apreció en el mercado de cambios, impulsado por la desaparición de la demanda defensiva de dólares.

Sería un error conformarse con esta tregua. Argentina no puede vivir eternamente de salvatajes externos. El verdadero desafío consiste en demostrarnos a nosotros mismos que podemos ser austeros y responsables. El déficit fiscal crónico conduce inexorablemente a inflación alta, depreciación de la moneda y a la imposibilidad de desarrollar un sistema financiero capaz de financiar la inversión productiva.

Esta vez fue Estados Unidos quien acudió en auxilio, acompañado de los organismos multilaterales. Pero en algún momento deberemos crecer como sociedad, convencernos de que la disciplina fiscal y la estabilidad macroeconómica no son imposiciones externas, sino condiciones básicas para dejar atrás nuestra historia de retrocesos. El día que logremos consolidar esa convicción, recién entonces podremos hablar de un futuro sustentable y propio.

Últimas noticias