El mismo instituto que meses atrás había cuestionado la metodología del INDEC y reclamado una actualización —en un episodio que derivó en un fuerte cruce del titular del órgano estadístico con el Gobierno y terminó con la salida de Marco Lavagna— volvió a encender las alarmas. Esta vez lo hizo sobre un terreno sensible para la Casa Rosada, que hasta ahora fue uno de sus caballos de batalla: el superávit fiscal.
Según advirtió el CEPA, durante enero el margen fiscal primario alcanzó los $3,13 billones, pero al restarle las obligaciones de pago el resultado financiero rozó números rojos ($0,07 billones) y solo fue salvado por las privatizaciones de centrales hidroeléctricas. Para el mismo centro, “el superávit casi desaparece”, eso sí, la situación puede derivar en un dolor de cabeza ya conocido por la Argentina.

El “Informe Fiscal – Febrero 2026 (datos de enero 2026)” del Centro de Economía Política Argentina (CEPA), al que Gente de Salta accedió, señala que la meta de junio exige alcanzar $8,46 billones acumulados lo que implica sostener un ritmo cercano a $1,07 billones mensuales durante cinco meses consecutivos. Dicho de otro modo, el equilibrio no solo debe existir: debe repetirse mes a mes, objetivo que se dificulta teniendo en cuenta que no todos los meses el gobierno puede hacer uso de privatizaciones de tal envergadura.
Si el resultado se aparta de esa trayectoria, no se trata de un número más en una planilla. Se abre entonces un terreno conocido para la Argentina: el de las revisiones técnicas, las renegociaciones y los ajustes de metas que acompañan cada programa cuando los objetivos empiezan a tensionarse.

La historia argentina —a mal pesar del país— acumula más de un antecedente en este terreno. Cada vez que las metas fiscales comprometidas con el FMI comenzaron a desviarse, el proceso derivó en revisiones formales con lupa en mano del programa, pedidos de dispensa por incumplimiento y ajustes de metas que, en los hechos, reabrieron la negociación con la soga en el cuello. No es un mecanismo automático ni implica un default inmediato, pero sí introduce una dinámica que el país conoce demasiado bien: la dependencia para sostener los desembolsos.
El peor de los escenarios no es el desvío puntual, sino el encadenamiento de incumplimientos que deja al programa “fuera de pista” y obliga a redefinir las condiciones de asistencia. En ese punto, el riesgo país podría volver a escalar, el financiamiento externo encarecerse o cerrarse, las provincias y las empresas enfrentar mayores costos de deuda y el frente cambiario entrar en una zona de mayor volatilidad.

En ese marco, el superávit deja de ser solo una bandera discursiva para convertirse en la llave administrativa que sostiene el acuerdo. La advertencia del CEPA no anuncia una crisis inminente, pero sí señala que el margen es más estrecho de lo que sugieren los titulares, tal como adelantaba con el caso INDEC-Lavagna, y que el calendario fiscal impone exigencias difíciles de sostener sin ingresos extraordinarios o nuevas medidas de consolidación.
Sin embargo, el equipo económico ya mostró, en momentos de mayor tensión, capacidad para conseguir respaldo externo y administrar vencimientos sin que el programa se desordenara: un don llamado conseguir dólares.
Quedó demostrado con el salvataje -aunque en estados unidos se rehúsen a llamarlo así- del Tesoro americano al gobierno libertario cuando desembolsó vía swap un total de 20.000 millones dólares para evitar una corrida que parecía inevitable previo a las elecciones legislativas en octubre del 2025.
Más recientemente, el equipo económico hizo gala de su don (conseguir dólares en tiempo récord), luego de haber sorteado en enero el pago a los bonistas con un préstamo con bancos internacionales y utilizar reservas del BCRA para hacer frente a un vencimiento con el mismo FMI.

El desafío ahora no es estrictamente conseguir divisas, sino sostener mes a mes el resultado comprometido. Conseguir dólares puede comprar tiempo; cumplir metas compra estabilidad.

