La mañana se crispó en el corazón del poder. A escasos metros del despacho presidencial, un hombre uniformado desafió la solemnidad de la Casa Rosada con una protesta solitaria.
Eran las 10:40 de este miércoles 4 de febrero cuando la figura del Cabo Miguel Ángel Montiel emergió frente a la reja perimetral de Balcarce 50 con el uniforme de la Policía Federal Argentina (PFA) y la amenaza silenciosa de su arma reglamentaria, contrastaba con la fragilidad de una pancarta improvisada.
El reclamo apuntaba al corazón de una presunta red de corrupción enquistada en los servicios de policía adicional. "Se roban los adicionales" y "se cobran servicios que no se realizan", clamaba Montiel, descorriendo el velo sobre una trama oscura que involucraría a sus propios compañeros y superiores. La acusación, cruda y directa, pintaba un escenario de desfalco y complicidad, donde la transparencia se diluía en los laberintos del poder.
La denuncia detallaba una inquietante maniobra de "empleados fantasmas" orquestada en los operativos de seguridad paga. "Dicen que hay 30 efectivos y en realidad hay 5", revelaban fuentes cercanas al reclamo, dejando entrever que el dinero restante se desviaba hacia una "caja" clandestina, engrosando las arcas de una recaudación ilegal manejada por los altos mandos.
La insólita escena, con un efectivo armado protestando a las puertas del símbolo del poder ejecutivo, desató una ola de nerviosismo y activó los protocolos de seguridad de la Casa Militar. El Cabo Miguel Montiel, con su uniforme, su arma y su pancarta que rezaba “Corrupción en la Superintendencia de Transporte”, se había convertido en una bomba de tiempo.
Tras la impactante acción, un cordón policial se desplegó rápidamente, cercando al manifestante solitario. El final de la protesta llegó con el traslado de Montiel a la sede de la PFA, donde se esperaba que formalizara su denuncia ante la Dirección de Asuntos Internos, según informaron fuentes oficiales a la agencia Noticias Argentinas (NA).