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Mucho más que una receta

Cookies: la versión consumible de una vida simple

Crónica de una crisis existencial en la cocina. O cómo buscamos en una galleta la vida simple que el algoritmo nos prometió y la realidad nos niega. Al final les dejo una receta de cookies infalible. Ahora sí, comencemos.

Lucía Madiedo
por Lucía Madiedo 28 Abril de 2026
28 Abril de 2026

Soy una aficionada a la pastelería. Tengo temporadas en las que me obsesiono con un producto y, hasta que no me sale perfecto, lo repito, lo modifico, pruebo versiones nuevas. Hace un año empecé con la cookie.

Debo tener treinta recetas de cookies en mi haber.

Perfeccionar una receta, en mi caso, no es seguir instrucciones: es desarmarlas. Analizo proporciones, tipos de azúcar, tiempos de frío. Busco un exterior crocante, un centro suave —apenas chicloso— y un equilibrio preciso entre amargor, dulzor y sal. No es solo que quiera que salga bien. Quiero que salga exactamente como la imagino y que, cuando alguien le pegue un mordisco, se sienta transportado a la merienda en la mesa del centro de la cocina y gallinero en el jardín.

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Del lujo individual a la imperfección honesta

Mi anterior obsesión fueron los cupcakes —seguidora de tendencias, ella—, que el bizcochuelo fuera esponjoso y la crema suave y aireada. Por sobre todo, que se vieran impolutos y de niña rica. El lujo en porción individual.

La diferencia entre uno y otro es abismal y cada uno representa un ideal colectivo. El cupcake, pura dulzura color pastel, no podía tener un defecto estético. Era un accesorio.

La cookie, en cambio, se rompe. Muestra el interior chewey y con chocolate derretido. Tiene bordes irregulares, puntos de sal, zonas más amargas. Parece menos diseñada.

Parece.

Porque en esa apariencia de simpleza hay otra promesa: no la de una vida perfecta, sino la de una vida más fácil y real. Sobre todo, más honesta. O, al menos, eso es lo que vende.

Carrie Bradshaw y el lujo consumible

Es lindo pensar que es cuestión de gustos. Que la sociedad se levanta un día con el deseo de cupcakes que parecen que flotan, y al día siguiente deciden todos colectivamente que quieren parar y sentir la rusticidad de una cookie. Pero cuando los patrones de obsesión colectiva se repiten, cuesta creer que sea casual. Así como yo cambio de obsesión pastelera, cambia lo popular en el mundo gastronómico, particularmente ligado a las emociones. Cambia lo que se busca sentir cuando se come —o, en mi caso, lo que se busca generar con una receta perfeccionada una y mil veces.

Y sí, hay un deseo genuino y social detrás de cada tendencia… muy detrás. Porque en primera instancia, cuando deseábamos un cupcake, en realidad lo que buscábamos era sentirnos Carrie Bradshaw por un rato. Queríamos algo bonito, un regalo, algo que Carrie podía disfrutar con sus amigas, todas glamorosas y bellas, en una calle concurrida de Nueva York. El cupcake era un accesorio mucho más económico que una cartera de diseñador que nos acercaba a esa fantasía.

Si bien no fue la producción de Sex and the city la que inventó el cupcake, sí fue la que lo convirtió en un símbolo de aspiración, control y estatus. Años más tarde, esa lógica encontraría hogar en Instagram y en el contenido de lifestyle aspiracional. Un lugar en donde habitar virtualmente ese mundo y en donde mostrarlo. Ni siquiera se trataba del sabor del postre, era su estética y lo que significaba.

Cookies

El mercado del deseo y la fatiga estética

Hubo una época —que empezó con Sex and the City y se estiró, con distintas formas, hasta Gossip Girl o Pretty Little Liars— en la que el deseo tenía una dirección bastante clara. No queríamos un cupcake. Queríamos esa vida de vestidos largos, brunches, elegancia y placeres. Antes de Instagram, ya se empezaba a sentir esa lógica de demostrar estatus a partir de la imagen.

Y por supuesto, el deseo no es algo espontáneo. Entre el deseo abstracto y lo que terminamos queriendo tener hay un intermediario, una mediación. Lo que en el Renacimiento comenzó con la epifanía de que el lenguaje —el relato que se puede contar con él— moldea el pensamiento general, hoy se ve en la lógica y los hilos de los que tira el mercado. Esta entidad sin cara ni nombre lee nuestros deseos, les da forma, los moldea y nos lo ofrece en formato consumible. No te alcanza para un penthouse en la 5ta avenida, pero sí para un inocente cupcake.

El problema con las tendencias es que, como nos las venden por cada frente posible, firman también su propia condena. Una sociedad atravesada por el deseo aspiracional encontró en Instagram su forma más curada: una vidriera constante donde lo bello, lo pulido, lo sin poros se convirtió en medida de valor.

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En Nosedive —primer episodio de la tercera temporada de Black Mirror— nos muestran una versión extrema de la desesperación por sacar la foto perfecta, tener la casa ideal y el rostro sin poros como condición para existir socialmente. La vida privada se convirtió en un producto y nosotros sus promotores. Muchos influencers incluso alquilaban mansiones para crear su contenido, porque sus hogares no eran suficientemente aesthetic.

Sin embargo, el ser humano es imperfecto y vive en constante conflicto por naturaleza. No le es posible sostener la perfección ni en apariencia por tanto tiempo sin caer en una abrumación absoluta, y lenta pero continuamente las grietas comenzaron a verse.

En otro momento escribí sobre esto —sobre el desgaste del contenido aspiracional y su dificultad para sostenerse en el tiempo— y cómo, más que dejar de ser deseable, empezó a volverse inverosímil.

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La era del farmcore y la rusticidad honesta

El público está saturado de consumir vidas que saben son irreales y sólo les generan una presión mayor. Y ahí el péndulo volvió a caer y el deseo comenzó a tomar forma, pasando por las Trad wives y encontrando su lugar en el farmcore.

Como indica su nombre, el farmcore se relaciona con la vida de granja (farm). Pero no es exactamente vida de campo. No cuenta con comenzar el día a las cinco de la mañana, alimentar a los animales, limpiar el gallinero y revisar los cultivos. Es más bien una estética: muebles de madera nudosa, delantales con volados, flores silvestres, etc. Una casa habitada, pero no desbordada. Es decir, una vida más simple, en conexión con la naturaleza y sin complicaciones. Una versión idealizada de la vida campestre que se asocia a la desintoxicación tecnológica y con distancia del burnout de la ciudad.

Pero claro, abandonarlo todo e irse a vivir al campo, amasar tu propio pan, cosechar las frutillas para tu mermelada, todo suena idílico y lejano… porque un poco lo es. No es tan sencillo levantar todo y abandonar el sistema. Y el mercado lo sabe.

No es una idea nueva. Georg Lukács pensaba la vida moderna como ese equilibrio incómodo entre lo que deseamos y el mundo en el que efectivamente vivimos. Salirse por completo no era una opción romántica, sino un fracaso.

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Y quizás por eso —y porque también nos da pánico vivir lejos de una clínica— aceptamos estas pequeñas evasiones: versiones acotadas de la vida que imaginamos, accesibles, consumibles, inofensivas.

Como respuesta al lujo liso y perfecto del mundo de Instagram —del cupcake— aparece otro deseo: el de la rusticidad, el hogar, lo imperfecto. La cookie estilo Nueva York —no confundir con las Crumbl Cookies, que son más bien un cupcake queriendo ser una cookie.

Una galleta, irregular, con el interior blando y los bordes crocantes. Una textura que parece menos intervenida, más honesta. Con sabores que no son una sola nota de dulzor, sino un compendio complejo de componentes que se sienten menos predigeridos. Pero no nos confundamos, esta honestidad es también una construcción de las mismas mentes que nos empaquetaron el lujo en un postre. Entre las leyes básicas de la publicidad está que no se vende un producto, sino una experiencia, estatus o idea.

Evasiones manejables

Más de una vez se ha dicho que la publicidad crea necesidades, y es cierto solo en parte. Hoy fantaseamos con la desconexión tecnológica, con lo natural, con una vida más simple. Y el mercado encuentra la forma de acercarnos esa fantasía en versiones pequeñas, manejables. En la pastelería: una galleta.

El deseo no se sacia. Y el campo se vuelve cada vez más lejano, más idílico. Pero ya lo escribió Gustave Flaubert: no hay que tocar a los ídolos, su dorada capa puede quedarnos en los dedos. Algo de eso pasa con las vidas que idealizamos como respuesta a la presión de nuestro propio presente —que, seamos honestas, nunca deja de ser un poco insoportable.

Hasta que tomemos el coraje de vender el rack de TV y mudarnos al medio de la nada, nos queda seguir viendo Virgin River con un tecito y una cookie que parece hecha por la abuela, porque nos merecemos ese minuto de evasión. No cambia nada realmente, pero sirve.

Se termina la crisis existencial y aquí seguimos cocinando, perfeccionando recetas. Hay algo en crear estos productos —en medir, mezclar, esperar— que también se siente un poco más real. Aunque sepamos que no cambia demasiado.

Así que si necesitás una nueva forma de evasión en el cinturón, acá va.

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La Receta: Cookies “como de la abuela”

Elegí compartirles esta receta porque es a prueba de balas, se hace en un solo bowl y quedan deliciosas. Son más finitas que las estilo Nueva York, pero ideales para una evasión rápida.

Ingredientes (24 galletas):

  • Manteca: 227 g (derretida)
  • Azúcar morena: 1 T
  • Azúcar blanca: 1 T
  • Huevo: 1
  • Agua: 1 cda
  • Vainilla: 1 cdita
  • Harina 0000: 2 ½ T
  • Polvo de hornear: 1 cdita
  • Bicarbonato de sodio: 1 cdita
  • Sal entrefina: 1 cdita
  • Chocolate de taza: 125 g (picado)

Procedimiento:

  1. Batir los azúcares con la manteca derretida hasta que la mezcla aclare.
  2. Agregar el agua, la vainilla y el huevo. Integrar bien.
  3. Tamizar los secos directamente en el bowl e integrar sin sobremezclar. Sumar el chocolate picado.
  4. El secreto: Dejar descansar la masa 15 minutos en la heladera (si las dejás en el freezer toda la noche ya armadas, conservarán mejor la forma). Armar bolitas del tamaño de la palma de la mano.
  5. Hornear a 170°C por unos 10 minutos. Cuando los bordes estén dorados pero el centro siga blando, retirar, golpear la bandeja contra la mesada (para que se asienten), espolvorear un poco más de sal entrefina y devolver al horno 5 minutos más.

¡Dejalas enfriar! 5 minutos en la fuente, otros 5 si tenes una rejilla, sino se te van a desarmar en la mano. ¡Y a evadirse!


 

Sí, esta belleza la hice yo y ustedes pueden también.

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