Durante 15 años, Walter González hizo lo que supo hacer toda su vida: manejar. Conducir para sobrevivir, para pagar el día a día, para seguir adelante. Remises, taxis, paradas fijas, viajes largos, aeropuerto, terminal. Salta era su territorio y el volante, su herramienta. Hoy, a los 58 años, ese volante no solo que dejó de alcanzar, ya ni siquiera existe.
“Más o menos se sobrevive con esto”, dice, como si todavía estuviera arriba de un auto. Pero la frase queda suspendida en el aire. Desde que en Salta se oficializaron las aplicaciones de transporte, su realidad —y la de cientos de choferes— cambió de manera brutal. “Ha sido devastador para los que trabajábamos en remises o taxis”, resume, sin rodeos.
Walter trabajó en algunos de los lugares más conocidos del rubro: San Cayetano, Profesional, Remises Tres Cerritos. También en el aeropuerto, donde supo ganar bien haciendo ruta, viajes largos, horas y horas de ida y vuelta. “Me bajé de ahí porque eran muchas horas”, recuerda. Nunca imaginó que ese paso atrás terminaría siendo una caída libre, “devastador”, así lo define.
En la última empresa en la que estuvo, los autos comenzaron a darse de baja de a 20. Cada auto que se iba, significaba dos personas sin trabajo. “De 20 autos que se bajan, son 40 personas que se quedan sin laburo. Es algo que viene pasando”, explica. Las cuentas dejaron de cerrar. Las aplicaciones, dice, “te comen crudo”.
Hace tres meses que Walter quedó definitivamente sin trabajo. Probó hacer algunos viajes, intentó adaptarse, pero la lógica del sistema lo dejó afuera. “Desde Belgrano y Mitre hasta la Zuviría al 2000 y pico, a dos personas les sale más barato que el colectivo”, cuenta, todavía incrédulo. El transporte, su oficio de toda la vida, ya no le da de comer.
Hoy, su rutina es otra. Cartonear. Pedir. Ir a comedores comunitarios. “Nunca me había pasado no tener laburo y no conseguir. Nunca me imaginé tener que andar mendigando”, dice, y la voz se le quiebra mientras le brillan los ojos. Lo dice desde un comedor de una iglesia anglicana, San Andrés, ubicada en la avenida Entre Ríos 484. Es una situación extrema, admite, una que jamás pensó atravesar.
Su presente habitacional tampoco ofrece refugio. Vive momentáneamente con su hermanastro y su cuñada, en una casa de la calle Esteco al 1100. Pero no es un hogar. “Me tratan como un estorbo”, cuenta. Su cuñada le repite que no ayuda en nada y lo manda a comedores comunitarios. Toda su ropa está guardada o tirada en un auto. Duerme en otro vehículo que están arreglando. A veces, cuando su hermanastro se va y cierra con llave, queda encerrado durante todo el fin de semana. “Así estoy viviendo”, resume.
Un regalo a punto de perder
El único bien que le queda es un Ford Fiesta. Se lo regaló una mujer a la que cuidó durante años, una figura materna para él. “No era mi madre biológica, pero yo me ocupaba de ella siempre”, recuerda. La cuidó hasta el 9 de julio del año pasado, cuando falleció. Vivía en el Hotel El Trébol porque ella no quería estar en un hogar de ancianos, donde Walter la visitaba todos los días, dejaba de trabajar para verla. “La platita que tenía la gastaba en los abuelos, ahí me conocen todos”.
Ese auto hoy está guardado en el barrio Ceferino. Walter debe más de 130 mil pesos de cochera. No puede pagar y corre el riesgo de perderlo. “Es lo único que me queda”, dice. Sin ese vehículo -que debe reparar mecánicamente-, se queda también sin la posibilidad de volver a trabajar si aparece alguna oportunidad.
Conflicto familiar
A esta situación se suma un conflicto familiar que terminó de empujarlo al borde. Tras la muerte de su madre biológica, se enteró —de la peor manera— que las propiedades familiares habían sido cedidas a nombre de su hermano sin su consentimiento. En una escribanía, sin explicaciones previas, escuchó cómo se leía la cesión. “Ahí me entero que pasaron todo a nombre de él. A mí me corresponde el 25 por ciento y no me dieron nada”, relata. Todo, asegura, se hizo “por izquierda”. Si bien puso su rúbrica, lo hizo sin saber muy bien lo que firmaba.
Walter no pide mucho. No habla de revancha ni de bienes. “Lo único que quiero es que se arregle ese auto y chau. Yo me las arreglo como pueda”, dice. Quiere volver a manejar. Volver a trabajar. Recuperar un poco de dignidad.
Su historia no es solo la de un hombre que perdió el empleo. Es la de un sistema que avanzó sin red de contención, dejando a trabajadores de años a la intemperie. También es la historia de alguien que, pese a todo, todavía espera una mano.
Hoy, Wálter González -celular: 3875491033- necesita ayuda urgente: trabajo, apoyo para no perder su auto, acompañamiento. A sus 58 años, con toda una vida detrás del volante, todavía cree que puede salir adelante. Solo necesita que alguien lo vea.