Jesús entró a Jerusalén montado en un asno (hijo de burra), desafiando las aspiraciones de los poderosos. No eligió la grandeza visible, sino la humildad. Se vistió con sencillez, caminó como nómade y dependió cada día de la provisión de su Padre.
Compartió la vida con sus amigos, enseñándoles, dejándoles herramientas espirituales para cuando ya no estuviera. Pero también les dejó algo más profundo: su Espíritu, como guía, como presencia viva, como puente hacia el Padre, el Dios en quien confiaron.
Nadie, hasta nuestros días, se atrevió a decir lo que Él dijo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida.”
Grandes líderes de la historia, como Buda, Mahatma Gandhi o Martin Luther King Jr., inspiraron a millones, señalaron caminos, invitaron a buscar la verdad… pero nunca afirmaron serla.
Incluso los científicos más brillantes dedicaron sus vidas a intentar comprender el universo, y muchos terminaron reconociendo que debe existir algo superior.

Pero no hace falta ir tan lejos.
Con los pies en la tierra, la mirada en el cielo y el corazón en los suyos: así vivió Jesús su paso por este pequeño mundo, en medio de un universo inmenso que apenas comprendemos. Un mundo donde la humanidad avanza, explora y descubre… y aun así, sigue sintiéndose pequeña.
Y en medio de esa inmensidad, hay algo que no deja de asombrar: que Aquel que sostiene el cosmos, que mantiene el equilibrio de las estrellas y las aguas, haya decidido despojarse de su grandeza para caminar sobre la tierra, con sandalias, entre el polvo y la fragilidad humana.
Una tierra que, incluso hoy, sigue siendo herida por la violencia, por el dolor, por guerras que golpean a inocentes.
Y aun así, eligió venir. Para dar la esperanza de un Reino que no es terrenal, que no tiene fecha de caducidad, y que de hecho se puede comenzar a vivir desde el momento mismo en que aceptamos creerle.
La Pascua simboliza la muerte y resurrección, necesaria para reconciliación y paz con el Creador.
El lo hizo posible. Representando la liberación del pueblo hebreo de Egipto a través de Moisés, pero esta liberación es completa con una invitación a todos los pueblos sin más derramamiento de sangre que el que ya fue hecho por el.
Jesucristo humanamente fue revolucionario, trayendo una forma de vida profundamente sencilla y generosa. Religiosamente fue desafiante, destruyó a través del templo físico las barreras para llegar a Dios. Espiritualmente fue y es victorioso, triunfando sobre el pecado y la muerte, trayendo libertad y esperanza, y repartiendo gracia a quien se la pida para vivir en paz con Él.
Él dijo ser el camino, la verdad y la vida. No solo enseñó una verdad: afirmó serla. Esto cambia por completo algunos paradigmas, el camino no es un circuito o una decisión, es una persona; la verdad no es un concepto, es una persona; la vida no es un período de tiempo, es una persona.
Y quienes lo siguieron no lo hicieron por comodidad. Muchos dieron su vida. Fueron perseguidos, encarcelados y torturados por defender lo que creían.
¿Qué los sostenía?
- La certeza de la resurrección.
La esperanza de una vida que no termina con la muerte.
La convicción de que aquello que habían visto era real.
No defendían una idea vacía, sino una revelación que transformó sus vidas en la que muerte no tenía la última palabra. Sus discípulos fueron asesinados en esa convicción y plasmaron un movimiento universal que lleva más de dos mil años ininterrumpidos. La muerte no los detuvo.
Y esa esperanza —la vida eterna— fue el mensaje que llevaron al mundo, aun a costa de todo. Y el trabajo incansable de quienes reunieron los escritos, con una cuidadosa selección a lo largo de los años, permitiendo que hoy el testimonio esté plasmado en la Biblia, compilado de libros que aún hoy sigue siendo traducido para el alcance de todos.

La Pascua nos abre un camino: la posibilidad de acercarnos al Padre, limpiados por la obra del Hijo y guiados por la intercesión del Espíritu Santo. Es una invitación a la reconciliación, a comenzar de nuevo, y a recibir una paz que sobrepasa todo entendimiento.
Porque, Él es el camino, entonces hay un destino.
Él es la verdad, entonces hay sentido.
Él es la vida, entonces la muerte no es el final.
Amor y vida eterna, no te conformes con menos; le costó su vida en medio del dolor y la aflicción. Más ahora, vive para siempre.

