En el invierno de 1911, cuando la aviación apenas era un experimento audaz reservado a unos pocos pilotos europeos, un francés llamado Marcel Paillette aterrizó en Salta con una promesa, hacer volar por primera vez un avión sobre la ciudad. Paillette tenía 27 años, un biplano frágil, y la convicción de que la hazaña era posible.

El contexto, sin embargo, no estaba a su favor. El norte argentino seguía siendo un territorio de caminos de tierra, trenes y postales rurales. Ver un avión era, para la mayoría de los habitantes en esa época, según comenta Juan Óscar Wayar en edisalta.ar, era una idea más cercana al mito que a lo real. Por eso, cuando se anunció la demostración aérea en los campos de Gimnasia y Tiro, unas diez mil personas, incluidos visitantes de Jujuy que llegaron en tren, se congregaron para presenciar el espectáculo.
Pero la máquina no funcionó. El motor se negó a arrancar y la multitud, frustrada por el frío y la espera, reaccionó como si se tratara de un engaño. Paillette debió huir del lugar entre insultos, piedras y un clima de enojo que lo acompañó hasta el Gran Hotel, donde se refugiaba durante su estadía. Fue, para él, un primer contacto turbulento con la ciudad que buscaba sorprender.

Aun así, decidió intentarlo otra vez. El 30 de mayo realizó un vuelo de prueba, sin público, en el campo de la Cruz. Allí confirmó que la máquina podía elevarse y que la demostración era posible. Cuatro días después, el 4 de junio de 1911, convocó nuevamente al público. Esta vez asistieron unas cuatro mil personas. Lo que vieron fue breve, pero suficiente, un avión elevándose sobre Salta la linda, trazando un recorrido que marcó un antes y un después en la memoria local.
Ese instante, unos pocos minutos en el aire, convirtió a Paillette en el autor del primer vuelo oficial sobre la ciudad y uno de los primeros del norte argentino. Para muchos salteños, fue la primera vez que vieron a un ser humano desafiar la gravedad. Para él, fue el cierre de una deuda personal después del fallido intento inicial.
Tras su partida, el aviador continuó su vida ligada al cielo. Volvió a Europa, participó en la Primera Guerra Mundial y luego regresó a Sudamérica, donde siguió enseñando y realizando exhibiciones. El Aeroclub Argentino lo reconoció más tarde como uno de los precursores de la aviación nacional.
La historia del francés en Salta suele contarse como una anécdota pintoresca, pero encierra algo más profundo: habla de una ciudad que, durante una tarde de invierno, se asomó al futuro y descubrió que el mundo podía volverse más grande desde las alturas.
