“Para la foto”, “al menos hace algo”, “los que no lo conocen critican”, “qué fácil es venir, sacarse una foto como si fuera una aventura y volver a una casa, bañarse y dormir sin problemas”…
Son cientos los mensajes que se repiten cada vez que el Gobierno provincial decide mostrar su “presencia” en territorio. El último fin de semana, el Ministerio de Desarrollo Social de Salta volvió a hacerlo. Y lo difundido no es otra cosa que un fiel reflejo del estilo de política que gobierna la provincia: la foto cuenta, el video cuenta, los likes cuentan, y la exagerada comunicación propagandística termina reemplazando a las soluciones reales.

Sí, muy heroica la imagen del intendente de Pichanal, Julio Jalit, luego el de Rivadavia Banda Sur, Leopoldo Cuenca, —ambos enquistados en el poder, con causas judiciales en su haber, protegidos por cuñas políticas y padrinazgos de legisladores eternos como Mashur Lapad— junto al ministro Mario Mimessi, cargando una bolsita con arroz, harina y algún otro alimento. Todo presentado como un gesto salvador para pueblos que, desde hace generaciones enteras, sufren los desbordes de los ríos más importantes que atraviesan la frontera argentina desde Bolivia hacia Paraguay, afectando año tras año a numerosas comunidades del norte de la Argentina.
"Agradecimientos bajo el agua"
Mientras tanto, esas mismas comunidades, año tras año, intentan pensar nuevas estrategias para salvarse y salvar lo poco que tienen frente a la ferocidad de las crecidas. El Gobierno, amablemente, se encarga de “monitorear”, como si monitorear colocara defensas, corrigiera cauces, evitara el desmonte o reparara los errores históricos de planes de urbanización que nunca le importaron a nadie.
Se acercan al pueblo con el agua hasta la cintura. Crean comités. El acullico de hojas de coca los emparenta más con quienes dicen ser sus “hermanos”. Criollos y originarios, bajo el agua, una vez más.
Necesitan caminos. Necesitan cauces. Embalses, defensas, reforestación. Necesitan decisiones.

Si no fuera por los desmontes, seguirían viviendo de sus ríos: de la pesca, de los bosques, de la caza y de la recolección. Pero la intromisión del modelo industrial cambió el curso del agua y, con él, el curso de la vida de estas comunidades. Lo que antes era sustento hoy es amenaza; lo que antes era territorio hoy es riesgo permanente. Y no es que el progreso industrial sea el enemigo, el enemigo es el desinterés por el ambiente y su gente en este proceso. La falta de previsibilidad, las riquezas a corto plazo para algunos a costa de la pobreza de otros, ese es el enemigo, el egoísmo.
Ahora, la gente se la rebusca con la ayuda de fundaciones para poder extender sus saberes, organizaciones sin fines de lucro, religiosos, ambientalistas y "otros locos" que los ayudan a sostener su capacidad de trabajo y preservar lo que queda de su cultura, gratis, por amor. Y, al mismo tiempo, deben depender de una ayuda social eterna y esclavizante, que llega en forma de migajas y solo cuando el desastre ya está encima.

“Pero tú, cuando le des a alguien que pasa necesidad, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha”, dice el Evangelio según Mateo. Y si eso vale para la caridad, con mucha más razón debería valer para la asistencia estatal, que además se financia con el dinero de todos. No hace falta ostentar la miserable ayuda que llega a pueblos postergados, menos aún cuando esa ayuda es insuficiente, tardía y utilizada como propaganda.
Venimos conociendo, además, detalles de la vida que llevan algunos intendentes del interior de la provincia: estilos de vida que no se condicen con sus sueldos; funcionarios que, pese a tener causas penales, siguen encontrando espacio en cargos ejecutivos o legislativos. Y, lamentablemente, un pueblo que muchas veces vuelve a darles el voto porque no conoce otra cosa, porque “más vale malo conocido que bueno por conocer”, porque vive abrumado por la pobreza, las falencias educativas y la falta de nutrición que permita desarrollar un pensamiento crítico y autónomo.

Así, entre el hambre, la sed y la subsistencia diaria, con algunas gotas de agua potable y bolsas de mercadería, se aseguran los votos una vez más.
No es ayuda: es control.
No es política social: es administración de la miseria.
Y no es desconocimiento: es decisión política.
“Además, observé toda la opresión que sucede bajo el sol. Vi las lágrimas de los oprimidos, y no había nadie para consolarlos. Los opresores tienen mucho poder y sus víctimas son indefensas”. (Eclesiastés 4:1)

