El hallazgo de un nuevo foco de contaminación petrolera en las sierras de Aguaragüe, a pocos metros de zonas pobladas de Campamento Vespucio, volvió a encender las alarmas ambientales en el norte salteño. La denuncia fue realizada por el ingeniero en Recursos Naturales y Medio Ambiente, Cristian Gabriel Martínez, quien aseguró que la región convive desde hace años con cientos de pozos petroleros abandonados sin controles adecuados y advirtió sobre el riesgo de que la situación derive en un desastre ambiental similar al de Lomas de Olmedo, conocido como el “Chernobyl salteño”.
Martínez contó que el reclamo ya fue formalizado tanto ante la Policía Rural como ante autoridades ambientales municipales y provinciales, aunque lamentó que hasta el momento no haya respuestas concretas por parte de la Provincia.
“Ellos judicializaron el tema y desde el municipio también hicieron la denuncia ante la Secretaría de Ambiente de Salta, pero todavía no hubo respuestas. Eso llama muchísimo la atención porque son situaciones que deberían atenderse de inmediato”, explicó en contacto con Gente de Salta.
Además, remarcó que también impulsó una petición pública a través de Change.org para reunir firmas y exigir la intervención de organismos provinciales y nacionales.
Sin embargo, el ingeniero aseguró que la problemática excede ampliamente al pozo descubierto en Aguaragüe. Según indicó, existen “más de 900 pozos abandonados a su suerte” en distintos puntos del norte provincial, muchos de ellos sin el cierre técnico que exige la Resolución 5/96 de la Secretaría de Energía.
Entre los casos más preocupantes mencionó el pozo hallado en las sierras de Aguaragüe, ubicado a unos 700 metros en línea recta de Campamento Vespucio. También habló de otros tres puntos críticos:
- Un pozo en Villa Tranquila, en medio de un sector poblado
- Dos pozos en la zona de Las Tablillas, cerca de Campamento Vespucio
- Filtraciones de hidrocarburos en la Quebrada de Galarza
“En Tablillas directamente la gente va y saca hidrocarburos porque las cañerías están abiertas y sin válvulas. Lo usan incluso para prender fuego”, relató.
Martínez sostuvo que el deterioro de las estructuras y la corrosión podrían derivar en episodios mucho más graves si no se actúa rápidamente.
“Si ese pozo vuelve a juntar presión podemos tener un desastre ambiental muchísimo peor. Estamos hablando de una zona de yungas, con oleoductos cerca y muy próxima a sectores habitados”, explicó.
Riesgo para la salud, el agua y la fauna
El especialista remarcó que los derrames no solamente afectan el suelo y la vegetación, sino también las napas subterráneas y la calidad del aire.
“Cuando llueve, todos esos hidrocarburos y metales pesados son arrastrados hacia las napas freáticas. Hay que determinar hasta dónde llega la contaminación y si esas aguas tienen conexión con otras utilizadas por poblaciones cercanas”, indicó.

También alertó sobre la presencia de gases tóxicos y compuestos volátiles. “En Campamento Vespucio muchas veces uno siente olor a petróleo caminando por el pueblo. No me extrañaría que provenga de estos pozos”, afirmó.
Sobre el impacto ambiental, aseguró que ya se observan daños visibles en la flora y que es necesario realizar estudios específicos para determinar las consecuencias sobre la fauna silvestre.
“La contaminación está totalmente normalizada”
Uno de los aspectos que más preocupa a Martínez es la naturalización del problema entre los pobladores del norte salteño. “La gente ya lo tiene completamente incorporado como algo cotidiano. Incluso hay una plaza de niños en Campamento Vespucio donde hay un pozo petrolero pintado de colores junto a los juegos”, relató.
También advirtió que muchas personas desconocen el riesgo que implica manipular hidrocarburos derramados o convivir cerca de instalaciones abandonadas.
“Hay mucha desidia y también mucho desconocimiento. Las autoridades miraron para otro lado durante años y eso hizo que estas situaciones se vuelvan normales”, cuestionó.
El otro peligro silencioso: los boosters sísmicos
Martínez también apuntó contra otro pasivo ambiental que permanece disperso en el norte salteño: los boosters sísmicos utilizados durante exploraciones petroleras.
Se trata de explosivos que en muchos casos nunca fueron recuperados tras las campañas sísmicas realizadas décadas atrás. “El año pasado murió un trabajador especializado que había venido desde Zimbabue para recuperar estos explosivos. Uno se activó y falleció durante el operativo”, recordó.

Además, contó un episodio personal ocurrido en los años 90. “Un conocido encontró uno de estos dispositivos siendo chico y perdió parte de los dedos cuando explotó”, señaló.
En enero de 2026 también se detectó un booster sísmico en una zona rural de Tartagal, donde intervino Gendarmería Nacional para desactivarlo.
El costo ambiental y económico de no actuar
El ingeniero consideró que muchas empresas evitaron realizar cierres adecuados por los altos costos que implican las tareas de saneamiento y abandono definitivo.
“Intervenir hoy un pozo así puede costar casi lo mismo que perforar uno nuevo. “Hay que abrir caminos, instalar campamentos y movilizar equipos especiales”, explicó.
Sin embargo, sostuvo que la remediación ambiental también podría convertirse en una fuente importante de empleo para una región golpeada económicamente. “Sería muchísimo trabajo para la zona. Tal vez ese sea el único lado positivo de todo esto”, expresó.

Mientras tanto, insistió en la necesidad de que el Estado avance con un relevamiento integral y obligue a las empresas responsables a sanear cada uno de los focos contaminantes antes de que la situación escale.
“Lo de Lomas de Olmedo demostró lo que puede pasar cuando se deja avanzar la contaminación durante años. Acá todavía estamos a tiempo de evitar algo mucho peor”, concluyó.

