El 31 de diciembre en Andorra se vive de una manera muy distinta a la que conocen los argentinos. Aunque el Año Nuevo se celebra y se respeta la tradición, los festejos se desarrollan en un clima marcadamente tranquilo y familiar.
A la medianoche, se cumple una de las costumbres europeas más arraigadas: Comer las doce uvas. "Cada persona tiene preparadas sus doce uvas y las consume al dar las doce campanadas que anuncian la llegada del nuevo año. Es un ritual presente en todas las casas, que simboliza buenos deseos para los meses que vienen", le cuenta a Gente de Salta, Luciana Witte, quien se instaló en el pequeño principado europeo, entre las líneas fronterizas de España y Francia, a vivir con su familia.

Lo que llama la atención es la ausencia total de pirotecnia sonora. No hay fuegos artificiales ni estruendos, lo que genera un ambiente silencioso y sereno, muy diferente al de las celebraciones sudamericanas con las que todavía se lucha en pos del bienestar de las personas y los animales.
Donde sí se pone el acento, dice Lu, es en la decoración. Las calles, avenidas y peatonales principales están profusamente iluminadas, con luces navideñas, árboles de Navidad y adornos por todos lados. Cada barrio —comercios, parroquias— acompaña la ambientación, logrando una estética cuidada y festiva que se mantiene durante toda la temporada.
“Se vive mucho la Navidad y el Año Nuevo desde lo visual y lo decorativo, pero no tanto desde el festejo ruidoso”, resume la experiencia. Así, el fin de año en Andorra combina tradición, orden y calma, en una celebración que privilegia la intimidad y el ritual por sobre el bullicio.

Lo que sí se celebra con más ahínco, señala la salteña, es el 26 de diciembre: es el Día de San Esteban en Andorra (en catalán, Diada de Sant Esteve), un día festivo nacional que se celebra como el primer mártir de la Iglesia Católica, con misas solemnes y procesiones, especialmente en la parroquia de Andorra la Vella, donde San Esteban es el patrón y se honra su legado de servicio a los pobres, siendo una continuación de las festividades navideñas.
Vivir en Andorra: trabajo accesible, paisajes imponentes y la nostalgia de lo argentino
Entre oportunidades laborales, barreras culturales y sabores que no convencen, una salteña cuenta cómo es empezar de nuevo en uno de los países más pequeños de Europa.
Luciana Witte despidió a su esposo Rodrigo cuando tras la pandemia tuvieron que cerrar su local gastronómico y las oportunidades laborales en Salta se desplomaron. Primero fue él “a probar suerte” en Andorra, aprovechando sus conocimientos de gastronomía, preparación de tragos y su talento musical, para insertarse en el sector turístico.
Logró encajar en un hotel, y con el tiempo llevar a su familia, Luciana y sus hijos Agustina y Sebastián, que dejaron todo atrás, pero supieron adaptarse, encontrar amigos, una educación diferente y hasta el amor.

Mudarse a Andorra significó para esta familia salteña un cambio profundo, atravesado por oportunidades concretas y desafíos cotidianos. Si bien Luciana destaca aspectos positivos como el acceso al trabajo y estabilidad laboral, también reconoce que la adaptación cultural, social y emocional no fue sencilla.
“Apenas llegamos teníamos la ilusión de abrir otra vez un local, bien salteño pero en otro país, pero por ley los extranjeros no podían poner nada a su nombre así que nos desanimamos, ahora la ley cambió y eso nos abre nuevas oportunidades en mente”, dijo Lu.
Otra imposición por ley es el idioma catalán, algo a lo que Lu se resiste y más si la obligan a saludar, pero está aprendiendo. La educación es buena, la educación pública andorrana no tiene nada que sobresalga por sobre la privada argentina, pero le llama la atención el trato que los alumnos tienen con los profesores, a pedido de las propias autoridades, lo que a su criterio roza la falta de respeto, “al menos a lo que estamos acostumbrados en la Argentina”.

¿Qué te llevó a Andorra?
Lo que nos impulsó a irnos fue, principalmente, la crisis del país. Como emprendedores se nos hizo muy difícil reponernos después de la pandemia y, además, buscar trabajo en la Argentina después de los 35 años ya es complicado: pareciera que sos “viejo” para el mercado laboral.
Primero viajó Rodrigo, con la idea de juntar dinero y volver con ahorros para invertir en el país, pero una vez en Andorra le ofrecieron quedarse, con un mejor sueldo y un puesto mejor. Ahí fue cuando empezamos a plantearnos la posibilidad de emigrar todos. Yo llegué a Andorra en agosto de 2022, junto con los chicos. Así que, respondiendo con sinceridad, el que nos trajo fue Rodrigo.
Cuando te fuiste, ¿pensaste por cuánto tiempo sería?
Sí, desde el inicio supe que sería por unos años. La verdad es que yo nunca quise irme de la Argentina. Pero Rodrigo ya estaba instalado, le iba bien, el país era seguro y los chicos también querían la experiencia. Tenía claro que en algún momento íbamos a volver.
Hoy la situación es distinta: Soy abuela y eso cambia todo. Volver ya se ve más lejano, quizás hasta imposible, porque quiero disfrutar de mis hijos y mis nietos. Pero al mismo tiempo extraño mucho a mi hermana, mis sobrinas, mis amigas. Y sé que también voy a tener que volver para estar con mi mamá y cuidarla. Es una mezcla constante de sentimientos.

¿Sentís que llegaste preparada para afrontar lo laboral?
Más que una cuestión de formación, creo que fue un tema de carácter. Acá no hay subsidios ni ayudas: si trabajás, comés; si no trabajás, no te mantenés. Y eso te obliga a adaptarte.
En Andorra, para tener residencia tenés que demostrar que tenés dónde vivir. Si no, directamente no te dan el permiso y te acompañan muy amablemente a la frontera. No hay indigencia porque el sistema no lo permite.
Trabajé de todo. Mucho de lo que acá llaman “extras”: trabajos por días puntuales. Una semana como promotora de perfumes, otra promocionando marcas, después participé en la organización de un evento enorme como el ROW, que se arma durante más de 15 días en distintos puntos de Europa. Fue uno de los trabajos más divertidos que tuve.
Acá el trabajo sobra y no te juzgan por la edad. Eso es algo que valoro muchísimo. No hay avisos que digan “hasta tal edad”. Si vos te presentás y considerás que sos apta, ellos confían en eso. Te explican lo necesario y listo. Lo único que importa es que seas responsable y hagas bien tu trabajo.

¿Qué cosas te atrajeron al principio y cuáles te siguen gustando de Andorra?
Al principio, el paisaje. Es realmente muy lindo. Y hoy sigo valorando mucho el campo laboral: hay trabajo de lo que quieras, podés cambiar sin problema, y siempre estás en blanco, aunque trabajes un solo día. Ese día te pagan todo: aportes, vacaciones proporcionales, absolutamente todo.
En organización política y laboral, hay cosas que claramente son para envidiar.
¿Y qué cosas te cuestan más o extrañás de Salta y de Argentina?
Extraño todo. La amistad, pero también la comida. Acá no hay nada que me guste gastronómicamente. Los platos son muy básicos, muy desabridos. Se usa mucho el “plato combinado”: carne, papas fritas, arroz y ensalada todo junto, sin sabor.

El asado se extraña muchísimo. Acá hacemos asado, pero la carne no es la misma. Realmente no hay nada como la carne argentina. Tiene otro sabor. Lo mismo pasa con la fruta y la verdura: todo es importado porque Andorra está rodeada de montañas y no hay cultivos, y eso se nota en el gusto.
Extraño el locro cuando hace frío (como ahora), la humita, el choclo fresco… acá ni siquiera venden choclo entero, solo en lata. La pizza tampoco se parece en nada a la nuestra: la masa es finita como de tarta y sin gusto. En lo gastronómico, los argentinos no tenemos nada que envidiarle a nadie.

¿Cómo es la gente? ¿Y qué destacan de vos y de tu familia?
Hay muchísimos argentinos y, sinceramente, todos son piolas. Entre nosotros hay mucha solidaridad.
Los andorranos, en general, son más cerrados y bastante contrarios a la inmigración. Defienden el catalán a morir. Hay personas que se molestan si les hablas en español y te piden que te dirijas a ellos en catalán. Incluso hubo campañas oficiales para que exijan a los inmigrantes que al menos saluden en catalán. Eso fue chocante para mí.
Yo trabajo de cara al público, así que sonrisa, educación y a seguir. Forma parte del trabajo, aunque no siempre sea agradable.
¿Y qué destacan de nosotros? La unidad de familia. De Rodrigo, sin dudas, que canta hermoso. Somos “la familia de Rodri”, el que canta y toca la guitarra en los bares, en los actos internacionales donde cada cual defiende su bandera, y nosotros estamos siempre ahí, a mucha honra.