En el Gobierno donde el dogma es el mercado, la vicepresidenta acaba de descubrir un detalle incómodo: sin industria nacional, la soberanía económica es apenas un souvenir. En una nueva señal de ruptura interna, Villarruel salió a cuestionar el modelo económico de Javier Milei y la apertura comercial irrestricta que impulsa La Libertad Avanza, justo cuando el oficialismo celebraba su avance con la reforma laboral. Mientras en la Casa Rosada brindan por la desregulación, en el Senado alguien parece haber leído el manual de consecuencias.

La vicepresidenta no eligió cualquier argumento. Tomó como referencia el fallo de la Corte Suprema de Justicia de los Estados Unidos que anuló aranceles impulsados por Donald Trump y lo interpretó como un golpe a la producción local estadounidense. Es decir, mientras el gobierno argentino mira con devoción el libre comercio, Villarruel señala que incluso la principal potencia del mundo protege su industria cuando lo considera necesario. Una herejía en tiempos libertarios.
Pero la crítica no quedó en la teoría. También se metió de lleno en la guerra abierta que Milei decidió librar contra empresarios como Paolo Rocca, líder de Techint, o contra industriales vinculados a compañías como Fate y Aluar. En un gesto inusual para un gobierno que convirtió a los industriales en el nuevo enemigo público, la vicepresidenta sugirió que, tal vez, destruir el aparato productivo no sea la estrategia más brillante para construir un país.

“Sin empleo nacional y sin producción nacional no hay políticas reales de gobierno. Sin industria, se pasa a depender hasta en lo más mínimo de China”, escribió Villarruel, recordando algo que hasta hace poco parecía obvio pero que hoy, en el relato oficial, suena casi subversivo. La frase no solo cuestiona el rumbo económico, sino que expone una contradicción brutal: el mismo espacio que predica soberanía ideológica promueve una dependencia económica estructural.
La vicepresidenta fue más allá y advirtió que la apertura total “profundiza las emergencias económicas y sociales”. Una afirmación que, traducida al idioma libertario, equivale a decir que el experimento puede salir mal. O peor: que ya está saliendo mal.
En definitiva, Villarruel planteó un dilema que el Gobierno evita responder: si Argentina quiere ser una potencia productiva o resignarse a ser un simple consumidor de lo que otros fabrican. La ironía es evidente. Mientras el Presidente promete una revolución económica, su propia vicepresidenta advierte que el resultado podría ser exactamente el contrario: un país más débil, más dependiente y, paradójicamente, menos libre.



